(Agosto/Septiembre 2000) Un informe encargado por el gobierno alemán y publicado el 4 de julio [2000] durante la Conferencia Mundial sobre el Futuro de las Zonas Urbanas presenta un punto de vista optimista acerca del crecimiento de las ciudades durante el siglo XXI. Una de las razones del optimismo indicadas en el informe es la "probabilidad real de que el crecimiento de la población, la fuente de tantos problemas, comenzará a decaer pronto... produciendo una condición mucho más constante".

Calma, optimistas. Las tasas de crecimiento de las "megaciudades", aglomeraciones urbanas de 10 millones o más de residentes, han disminuido marcadamente, pero eso es engañoso, ya que esas ciudades aún tendrán que absorber enormes aumentos de la población durante los próximos 20 años; se enfrentan a retos atemorizantes de administración y gobierno para poder mantener la salud, el bienestar y el ambiente.

Las estimaciones y las proyecciones más verosímiles del tamaño y el crecimiento de las ciudades provienen de las Naciones Unidas. Estos se basan aún en datos limitados y están sujetos a ser imprecisos; es de particular importancia interpretarlos con cautela. Sin embargo, aun con una interpretación cautelosa, los datos de las Naciones Unidas pintan un cuadro de crecimiento de las megaciudades, no de su reducción.


Crecimiento de las megaciudades: ayer y hoy

Número de personas añadidas, en millones

Fuente: Tertius Chandler, Four Thousand Years of Urban Growth (Cuatro mil años de crecimiento urbano), 1987; UN, World Urbanization Prospects: The 1999 Revision (ONU, Proyecciones de urbanización mundial: Revisión de 1999), 2000.


Desde 1980, el número de megaciudades en las regiones menos desarrolladas ha aumentado de tres a 15. De mayor significado demográfico es que en general estas ciudades han estado creciendo constantemente en términos absolutos, a pesar de que sus tasas de crecimiento de la población han disminuido como respuesta a la reducción de la fecundidad a nivel nacional y las bajas económicas que han desalentado la migración de áreas rurales.

El Cairo es un ejemplo de ese patrón. La tasa promedio de crecimiento anual de la ciudad disminuyó de un 3.7 por ciento durante el período de 25 años de 1950 a 1975, a un 2.2 por ciento durante el período de 1975 al 2000. Sin embargo, la población total del Cairo experimentó un aumento de 3.7 millones de personas entre 1950 y 1975; de 2.4 millones a 6.1 millones, y de 4.5 millones de residentes de 1975 al año 2000, a más de 10 millones actualmente.

Hoy en día se debate si algunas de las megaciudades más pobres del mundo, como Dhaka y Lagos, podrán absorber eficazmente los millones de residentes adicionales que se anticipan en un futuro cercano (según las ONU, 9 millones más en Dhaka y 10 millones más en Lagos para 2015). Los alarmistas señalan el sufrimiento de los residentes pobres de Chicago, Londres, Manchester, Nueva York y otras ciudades de países actualmente industrializados durante la época de su crecimiento más rápido, de 1875 a 1900. A pesar de que esas ciudades experimentaron progreso económico, también tuvieron la tendencia de tener tasas de mortalidad más altas que las zonas rurales debido a los peligros ocupacionales y las enfermedades infecciosas relacionadas con la alta densidad de la población y una infraestructura deficiente para el suministro de agua y el saneamiento.

Las condiciones de esa época más temprana ilustradas en las novelas de Dickens —explotación de menores, viviendas dilapidadas, delincuencia y tensiones entre las clases sociales— también se observan actualmente en las megaciudades de los países pobres, pero a una escala mayor. Y las mismas a menudo vienen acompañadas de niveles altos de contaminación y muertes a causa de vehículos motorizados, el uso de drogas ilícitas y la propagación de infecciones transmitidas por contacto sexual como el VIH/SIDA. El rápido crecimiento a un tamaño enorme sugiere una mayor magnitud de los problemas en las megaciudades de hoy en día.

También existen preocupaciones relacionadas con el ambiente. Los sistemas urbanos modernos consumen grandes cantidades de energía, y las emisiones de dióxido de carbono y óxido de nitrógeno resultantes de la combustión de combustibles fósiles atrapan el exceso de calor y conducen a cambios del clima, aumentos del nivel del mar y cambios de la vegetación.

En el lado opuesto del debate se encuentran aquéllos que señalan los beneficios que las megaciudades en las regiones en vías de desarrollo podrían disfrutar en el futuro. Muchos economistas contienden que las ciudades siempre han sido la fuerza motriz del crecimiento económico nacional, y que las mismas alcanzan su tamaño de megaciudad únicamente debido a que son económicamente eficaces para sus países. Según el capital internacional se vuelve más móvil debido a la internacionalización, grandes concentraciones de mano de obra relativamente inexperta pueden atraer inversiones extranjeras que resultan en oportunidades de empleos de fabricación e industriales. El crecimiento de la tecnología de Internet permite que los gobiernos de las ciudades compartan información económicamente acerca de enfoques eficaces para aliviar la pobreza, manejar los desechos, proveer viviendas económicas y otros asuntos críticos para las ciudades gigantes.

Los antropólogos han demostrado que las personas pobres de zonas urbanas que viven en tugurios, arrabales y áreas al margen urbano no son residentes marginales que sufren de un mal social, sino personas industriosas e ingeniosas que están intentando mejorar sus vidas. Los movimientos comunitarios y las iniciativas populares organizadas y dirigidas por la ciudadanía pobre han rehabilitado cientos de vecindarios en las ciudades y podrían incrementar la productividad laboral en las megaciudades si se aplicasen ampliamente.

Sin importar desde qué punto de vista se contemplen las megaciudades, los investigadores, demógrafos y encargados de tomar decisiones en las zonas urbanas han llegado a un acuerdo en cuanto a dos asuntos sobre cómo tratarlas en el futuro. Primero, se necesita un gobierno eficaz a nivel urbano para garantizar el bienestar de todos los residentes. Segundo, todavía existe la necesidad de mejorar los métodos para estimar y proyectar el crecimiento de la población de las megaciudades. Será necesario expandir la recopilación de datos mediante encuestas y censos convencionales, así como mediante el uso de las nuevas tecnologías de imágenes por satélite, para proveer mejores datos para realizar investigaciones y formular políticas en las ciudades más grandes del mundo.


Martin Brockerhoff es un socio de la División de Investigación de Políticas del Population Council en Nueva York. Este artículo es una adaptación del Population Bulletin 55, núm. 3, "An Urbanizing World", (Un mundo que se urbaniza), por Brockerhoff, publicado en septiembre de 2000 por el Population Reference Bureau.